27-4-2012
La nueva extrema derecha alemana
La extrema derecha alemana cuenta con al menos 25 mil militantes activos, 5.500 de los cuales son neonazis. En los últimos años, esos grupos han asesinado a más de diez personas, y a más de 180 desde la caída del muro de Berlín. Si bien el resto del sistema político intenta marginalizarlos, tienen fuerte influencia en sectores populares, fundamentalmente en la ex Alemania oriental, y cuentan con complicidades en la policía.
GUILLERMO GARAT
Desde Berlín
“Son un negro y sufro por tu culpa”, me escupió con absoluta impunidad un borracho a la salida de un restaurante en Weimar, en el avejentado y aburrido este alemán. Tenía ojos fuera de órbita y estaba en compañía de un adolescente, que alternaba entre la vergüenza y un tímido apoyo a su amigo. Al otro día, en una plaza donde correteaban niños al sol, frente a la casa de Goethe, el mismo tipo, un poco menos borracho pero cerveza en mano, charlaba con otro en silla de ruedas. El hombre se puso a gritar de su fervoroso deseo de instalar un Cuarto Reich y nos advirtió a nosotros –esta vez nos llamó turcos- que nos cuidáramos.
En Weimar todos lo conocen, es el loco del pueblo, el nazi imbécil de la comarca donde Hitler descansaba. No le den pelota, nos recomendaron algunos lugareños. En realidad, es inofensivo.
A escasos quilómetros de Weimar, sobrevive al paso del tiempo el campo de concentración de Buchenwald. El lugar mantiene algunas construcciones que hoy albergan un gran memorial visitado por escolares, liceales, turistas y universitarios de toda Europa.
A principios de 2000, tres de esos tipos a los que no habría que prestarles demasiada atención porque están locos levantaron sus brazos derechos a 70 grados, palma extendida, y saludaron a su Führer a viva voz, incluso se sacaron fotos utilizando como escenografía el horno crematorio que según dicen funcionó día y noche durante siete años en ese campo de exterminio.
Los tres jóvenes –Uwe Mundlos, Uwe Böhnhardt y Beate Zachilpe- ya habían cometido diez asesinatos (ocho personas de origen árabe, un griego –al que confundieron con un turco- y una policía), un atentado con bomba que dejó 22 heridos, y 14 robos a bancos en un período de seis años. Las autoridades investigan también otros asesinatos, atentados y robos.
Mundlos, Böhnhardt y Zachilpe compartían hasta noviembre del año pasado una pequeña ciudad al este de Alemania. Los llamaban “la célula de Zwickau”. El 4 de noviembre de 2011, después del último copamiento a un banco realizado por la banda, Mundlos y Böhnhardt fueron encontrados muertos en su caravan incendiada en Eisenach, Turingia, Aparentemente se habían suicidado. Entre los restos del vehículo apareció la pistola de Michele Kiesewetter, la policía de 23 años asesinada a sangre fría por la “célula de Zwickau” en 2007. Y también el arma con la que cometieron la decena de asesinatos, material de propaganda de la organización que integraban, la Clandestinidad Nacional Socialista (Nationalsozialsticher Untergrund, NSU), y copias de un devedé de la Pantera Rosa: los terroristas habían editado un video con el popular dibujo animado parodiando los diez asesinatos y atentados que realizaron en el barrio de Mülheim, en la ciudad de Colonia. El video incluía fotos de tres de las víctimas, segundos después de muertas. Antes de entregarse a la policía, Zachilpe envió 12 copias del audiovisual a periodistas y organizaciones islámicas. En la casa rodante destruida se encontró una lista con 88 nombres de personas a las que presuntamente iban a atacar entre los que figuraban parlamentarios e integrantes de la comunidad árabe.
Por qué no se los detuvo antes es una pregunta hasta ahora sin respuesta clara. La explicación más extendida es que los servicios locales de inteligencia no compartían informaciones entre ellos. Los de Bavaria, el estado en que se produjeron los asesinatos, fueron poco cooperativos con sus colegas federales. El semanario alemán Der Spiegel insistió en que Zachilpe era informante de la policía, aunque los servicios secretos lo niegan.
El parlamento abrió una comisión investigadora para estudiar la actitud de las policías y de las instituciones que intervinieron en el caso.
Los tres asesinos eran conocidos militantes de organizaciones de autodefensa nazis en los noventa, estaban plenamente identificados por la policía desde 1996 y se mostraban públicamente en cuanta manifestación fascista hubiera en Turingia. Su captura fue solicitada en 1998 cuando en un garaje alquilado por Beate, la chica del grupo, las autoridades encontraron una fábrica de explosivos. Los tres requeridos pasaron entonces a la clandestinidad, desde la cual cometieron los asesinatos más atroces que Alemania haya registrado en los últimos años.
Varios políticos y grupos antifascistas acusan directamente a la policía de hacer la vista gorda ante estos crímenes y de concentrarse únicamente en el terrorismo islámico y el seguimiento de los grupos de la izquierda radical. Parlamentarios de Die Linke (La Izquierda) hablan de cierta miopía en el ojo derecho de la policía. El problema en ese ojo parece tal que la serie de asesinatos de personas con trasfondo migratorio árabe fue investigada como un caso de ajuste de cuentas entre una supuesta mafia turca. Las familias de las víctimas tuvieron que cargar con esas sospechas durante años.
El ministro del interior alemán se planteó la posibilidad de ilegalizar a otro grupo de extrema derecha, el Partido Nacionaldemócrata (NPD), una organización claramente neonazi con representación parlamentaria en el estado oriental de Sajonia. A comienzos de abril, en las afueras del barrio berlinés de Neukölln, el NPD organizó una manifestación para pedir libertad de expresión para el nacionalsocialismo, la salida de Alemania de la zona euro y la deportación de los inmigrantes sin trabajo. Dos semanas antes un desconocido había matado a tiros a dos turcos en ese barrio. Los manifestantes eran un puñado, pero aparecían fuertemente protegidos por la policía, que en cambio se encargó de golpear a los jóvenes –muchos de ellos turcos- que por decenas bajaron de los apartamentos del barrio a increpar a los neonazis.
25 MIL. Según cifras de 2010 de la Oficina Federal para la Protección de la Constitución, hay en Alemania unos 25 mil extremistas de derecha, de los cuales 5.600 son netamente neonazis. Desde la caída del muro se estima que los neonazis asesinaron a unas cien personas.
El NSU es uno de los tantos grupos de esta tendencia bien organizados que operan en el país, a los que se les suman los skinheads, bastante menos formados que las organizaciones formales, más torpes, pero extremadamente violentos.
Los crímenes de los extremistas de derecha aumentaron 16,6 por ciento entre 2001 y 2009, cuando se comprobaron 18.750 episodios de violencia racista, según la Agencia de la Unión Europea para los Derechos Fundamentales. Las tasas alemanas en la materia son de las más altas en el continente. La mayoría de las agresiones tienen como blanco personas de origen africano, gitano, asiático y árabe, pero también gente sin hogar, durmiendo en la calle, punks y militantes de las izquierdas alemanas. También atacan a instituciones, en particular de la comunidad musulmana: en 2010 una veintena de mezquitas fueron incendiadas.
Entre 1990 y 1993 los inmigrantes empezaron a sufrir la violencia de los neonazis, sobre todo en el este del país. La unificación trajo consigo una ola migratoria fuerte en medio de una crisis no sólo de identidad sino económica. Políticos y ciertos medios de comunicación se pusieron de acuerdo en que los inmigrantes eran un problema para la por entonces alicaída economía alemana. Mientras la violencia contra los demandantes de asilo comenzaba, con golpizas pero también bombas molotov contra campamentos de refugiados, algunos medios imprimían titulares del estilo “el bote está lleno”.
Los ataques contra la comunidad gitana en Rostock en 1993, también en territorio de la ex RDA, fueron furibundos y aplaudidos delante de las cámaras de tevé por la población local. Desde 1993 a la fecha se han prohibido decenas de organizaciones neonazis, que rápidamente cambian de nombre y vuelven a las andadas.
Hoy, en los Lander (estados) orientales hay hasta “zonas liberadas” en las que sólo entran neonazis: pequeñas comarcas rurales o desindustrializadas, con un nivel de desempleo bastante superior a la media nacional y fuerte emigración. Los jóvenes toman un buen palo y salen a “patrullar” las calles con sus kamaraden. Allí los grupos de ultraderecha reclutan entre “gente joven que se quedan solos en el campo, mientras todos los demás emigran. En estas zonas donde desde siempre hubo pocos extranjeros no es difícil proclamar una zona nacionalsocialista”, explica a Brecha la profesora Helgard Kramer, socióloga de la Universidad Libre de Berlín. Ellos mismos son los que crean el terror y el desorden para generar una sensación de inseguridad y de miedo y plantarse como salvadores, dice Kramer. “Creen que luego del desorden la población los apoyará, ya que son los que realmente se ocupan del orden, de la ley y la seguridad. De todas maneras hay una línea discursiva que no pueden cruzar públicamente porque van a la cárcel. Por ejemplo presentarse como neonazis. Entonces mantienen la forma, encontrando apoyo entre los desempleados y la gente que siente inseguridad. Se muestran como los que garantizan la seguridad de Alemania para los alemanes de sangre. Piensan y dicen que los extranjeros se llevan nuestros trabajos y también a las muchachas. Y dicen ser la voz de los alemanes olvidados”.
HECHOS PELOTA
Como en toda Europa, las “barras bravas” futboleras son caldo de cultivo de los grupos neonazis. En todas las divisionales. En la tercera, por ejemplo, prácticamente amateur, de los 15 equipos que la componen cinco tienen hinchadas ultraderechistas.
Pero hay también un contracaso notable, el del Roter Stern (Estrella Roja), un equipo fundado en 1999 en la ciudad oriental de Leipzig que combate expresamente cualquier forma de discriminación, de origen, racial, sexual. El club es chico: cuenta con unos 400 socios y 150 jugadores repartidos entre sus diversas divisiones amateurs, pero se hace notar. Aunque más no sea porque las barras neonazis de cuadros rivales lo toman habitualmente como blanco. En octubre de 2009, en la pequeña ciudad de Brandis, un partido en el que el Estrella Roja de Leipzig participaba debió ser suspendido apenas comenzado por la llegada de unos 50 neonazis que agredieron con palos a jugadores e hinchas del equipo. Seis meses después el incidente se repitió en otro partido, en el que la hinchada del cuadro local le cantaba a los del Estrella Roja que les iban a construir un tren para enviarlos a Auschwitz. Sin embargo, es habitual que la policía se ocupe de controlar, vigilar y filmar a los seguidores del Roter Stern, famosos por su pacifismo, más que a los del ocasional equipo rival.
“A partir de los incidentes de Zwickau hemos notado un cambio”, dice a Brecha Janina Kunker, jugadora y portavoz del equipo. “Por primera vez equipos rivales vinieron a nosotros antes del partido para decirnos: ‘Sabemos del problema y de los nazis que van a venir, y no podemos ofrecerles seguridad’. Querían cooperar con nosotros para hacer proyectos conjuntos contra la discriminación. A partir de Zwickau la gente empezó a preguntarse un poco más sobre el tema de los nazis. Se han dado cuenta de que son peligrosos. No podemos decir si existe un cambio o es sólo porque el tema está en los diarios. Pero capaz que hay un cambio verdadero”, se esperanza Dunker.
Escenas del racismo cotidiano
30/Abr/2012
Brecha, Guillermo Garat